Para no perder la costumbre de querer salvar al mundo,
me pongo su historia sobre mis hombros.
Le regalo mis oídos y mi tiempo para cuando él quiera.
Le dedico horas de pensamiento y sonrisas aliviadoras.
Y mientras espero que aparezca,
me conformo con un “cómo estás”,
aguardando que llegue “algún día” para “salir por ahí”.

No hay comentarios: