Un millón de palabras buscan salir pero mi garganta las estrangula en cada intento. Se guardan en un rincón, se acumulan en la espera de ser liberadas.
Ya no tienen orden, forman un cúmulo amorfo. Una masa gris de sentimientos viejos, nuevos, feos, buenos.
Para no perder la costumbre de querer salvar al mundo,
me pongo su historia sobre mis hombros.
Le regalo mis oídos y mi tiempo para cuando él quiera.
Le dedico horas de pensamiento y sonrisas aliviadoras.
Y mientras espero que aparezca,
me conformo con un “cómo estás”,
aguardando que llegue “algún día” para “salir por ahí”.
me pongo su historia sobre mis hombros.
Le regalo mis oídos y mi tiempo para cuando él quiera.
Le dedico horas de pensamiento y sonrisas aliviadoras.
Y mientras espero que aparezca,
me conformo con un “cómo estás”,
aguardando que llegue “algún día” para “salir por ahí”.
Mi intuición no se equivoca cuando te cree cerca, pero nunca sos vos el que aparece. Sombras que te rememoran se presentan.
Mientras tanto, yo me obsesiono buscando el marco de tu cara, las rayas de tu campera. Y vos no estás.
Tu ausencia me perturba, entonces encadeno a mis impulsos para no llamarte a gritos y correr a tu encuentro.
En el fin de la noche la vida se burla de mí en la cara.
Tu cuerpo aparece, aparece tu risa, y el colectivo te pasa por al lado sin que te inmutes.
Yo te pierdo otra vez.
Desde arriba veo como se desvanecen del todo mis esperanzas perdidas, cuando volvés a quedarte a kilómetros de mí.
Mientras tanto, yo me obsesiono buscando el marco de tu cara, las rayas de tu campera. Y vos no estás.
Tu ausencia me perturba, entonces encadeno a mis impulsos para no llamarte a gritos y correr a tu encuentro.
En el fin de la noche la vida se burla de mí en la cara.
Tu cuerpo aparece, aparece tu risa, y el colectivo te pasa por al lado sin que te inmutes.
Yo te pierdo otra vez.
Desde arriba veo como se desvanecen del todo mis esperanzas perdidas, cuando volvés a quedarte a kilómetros de mí.
¿Quién sos?
¿Cómo te llamás?
Te nombré tantas veces
Te lloré tantas veces
Que me olvidé de cómo sos.
Te recuerdo fragmentado:
O llenándome de caricias,
O riéndote a carcajadas,
O totalmente encolerizado:
enojado conmigo y con mi mundo,
Con vos y con el mundo.
Me olvidé de vos completo.
Te recuerdo según mi ánimo,
y a veces te extraño
aunque no sé quién sos.
¿Cómo te llamás?
Te nombré tantas veces
Te lloré tantas veces
Que me olvidé de cómo sos.
Te recuerdo fragmentado:
O llenándome de caricias,
O riéndote a carcajadas,
O totalmente encolerizado:
enojado conmigo y con mi mundo,
Con vos y con el mundo.
Me olvidé de vos completo.
Te recuerdo según mi ánimo,
y a veces te extraño
aunque no sé quién sos.
Rara sensación de estabilidad, que en realidad no es estable, ni segura, ni certera…en realidad, la realidad, la actualidad es una incógnita.
Aunque algunas cosas hayan comenzado a acomodarse, todavía planificar es un verbo inútil. Como decía Descartes, lo único que puedo hacer es dudar, aunque no dudo de que pienso y que por eso existo.
Y existo. Sí, existo! Más de lo que debería. Ocupo más espacio, masa y superficie de la que me corresponde, de lo que mi cerebro y mi autoestima baja pueden tolerar. Y además, más de lo recomendable para mis bajones depresivos, mi economía y mi corazón solitario.
Aunque este exceso de materia grasa que rodea mi cuerpo sea producto de las ansiedades propias de la inestabilidad del principio, inestabilidad que provoca nervios y angustia y necesidad de devorar, de autofagocitar mis energías, de lastimar mi mente y castigar mi cuerpo, por no poder enfrentar los problemas, solucionarlos o cambiar las cosas que no me gustan. Como si se lo hiciera a otro, con actitud de venganza, como si disfrutara con mi propio dolor.
Dolor en la piel, que es violentada, invadida por grasa y obligada a estirarse, correrse de su lugar. Dolor en los huesos, en los músculos que son desplazados, que se recubren de kilos que no me pertenecen.
Aunque algunas cosas hayan comenzado a acomodarse, todavía planificar es un verbo inútil. Como decía Descartes, lo único que puedo hacer es dudar, aunque no dudo de que pienso y que por eso existo.
Y existo. Sí, existo! Más de lo que debería. Ocupo más espacio, masa y superficie de la que me corresponde, de lo que mi cerebro y mi autoestima baja pueden tolerar. Y además, más de lo recomendable para mis bajones depresivos, mi economía y mi corazón solitario.
Aunque este exceso de materia grasa que rodea mi cuerpo sea producto de las ansiedades propias de la inestabilidad del principio, inestabilidad que provoca nervios y angustia y necesidad de devorar, de autofagocitar mis energías, de lastimar mi mente y castigar mi cuerpo, por no poder enfrentar los problemas, solucionarlos o cambiar las cosas que no me gustan. Como si se lo hiciera a otro, con actitud de venganza, como si disfrutara con mi propio dolor.
Dolor en la piel, que es violentada, invadida por grasa y obligada a estirarse, correrse de su lugar. Dolor en los huesos, en los músculos que son desplazados, que se recubren de kilos que no me pertenecen.
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